El Imbécil

Estaba tan cabreado que aun cerrando los ojos me es imposible dejar de ver los suyos. Estaba molesto, rozando el abandono de sus principios ante tanto “Serás puta”, sobrepasando el tono medio de entre tanto”y encima”.

Rompió mis discos favoritos y hubo más de tres ocasiones en las que creí que en algún momento me iba a romper a mi.

Si bien yo había manchado nuestras sabanas con otros, él había manchado nuestra relación con mediocridad, simplicidad, normalidad y demás términos que acaban sonando igual. Como un exceso de moralidad y una falta de sexualidad que asustarían al mismísimo creador de la monotonía.

Y podría pecar de muchas cosas pero no de tonto y bien sabia que había tirado por tierra todas las carcajadas que me sacaba con cosquillas y sexo de los primeros días.

Estaba cabreado, pero también estaba dolido. Escupía sobre nuestro pasado como si fuésemos dos desconocidos. Desmerecía mis actos como si yo hubiese estado a diez metros de él desde el día cero, congelaba cualquier buen momento para que al tirarlos contra el suelo sonasen más fuerte, dejasen más marca.

Y entonces entre tanto insulto, reproche y palabra vacía;volví al inicio de la conversación. Volví a mi “me he acostado con otro”. Y sonó torpe y ligero; inofensivo.

Me había acostado con otro, ¿y qué? Las palabras biensonantes, los mimos; los domingos y los esfuerzos por dejar de ser un muro se los había regalado a él.

Si bien había dejado entrar en mi cuerpo a un desconocido una noche, el había entrado miles. Si bien ese desconocido había entrado en nuestra casa, él había entrado en mi corazón.

Y de repente me sentí infravalorada, estúpida y pequeña. Me había tenido bailando para él un centenar de días, había sido reina de su cama más de un millón de noches. Había tolerado que niñas tontas de mente y cuerpo fácil me sustituyesen en mis viajes. Había pasado por sacarle a él de sus líos y meterme a mi en otros tantos.

Había sido su cómplice, su amiga, su madre, su puta y su mujer. Y ahora de repente, sólo era “una maldita perra que tenia el valor de meter a otro en su cama”. Esa frase me hizo volver a la discusión, como quien pasa de una cama elástica a  otra sin temer partirse las piernas.

Tenia el valor para meter a otro en mi cama, para sacarlo a el de mi casa y para contestar hasta dejar su conversación a la altura del chapurreo.

Pero a fin de cuentas; él había perdido la dignidad y yo había ganado en sexo. Él había perdido los nervios y yo las bragas.

Yo había ganado

y el muy imbécil,

me habíagato perdido a mi.

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